Por Thomas JImmy Rosario Martínez, Investigadores de la historia Vegabajeña
Cuando niño, un día mis padres me permitieron ir con Pedro Vega Santos a la cantera de su propiedad en el Barrio Algarrobo. Antes la piedra para las construcciones locales se extraía a mano y de hecho, el sector La Pica del pueblo tiene su nombre porque allí se sacaba y se vendía. Pedrito utilizaba el método industrial de poner explosivos para «cortar» pedazos de un monte y de ahí sacar la piedra, que vendía generalmente por metros y servía en camiones.
Esos explosivos, los que producían los soldados en el Tiro al Blanco al oeste de la playa, en la costa de Vega Baja y los fuegos artificiales en las Fiestas Patronales eran los únicos que conocía. Hasta que clandestinamente conseguíamos garbanzos, luces de bengala, petardos y estrellitas para las Navidades, especialmente para despedir el año.
Desde niño comprendí el peligro ya que un cartucho de luces de bengala no funcionó y se me ocurrió mirar el orificio por donde se supone saliera…y salió, dejándome momentáneamente ciego en la casa de Edwin Maldonado en Montecarlo.
Anteriormente, cuando en el Campamento Tortuguero se entrenaba a los soldados para la Segunda Guerra Mundial y el Conflicto de Corea, quedaban balas o casquillos sin disparar que los niños y jóvenes de la cercanía recogían, aplastaban y vendían su cobre. He sabido de accidentes tristes de detonaciones accidentales de aquellos pobres muchachos y de muchos más, fuera del escenario militar. De hecho, los que tiraban los cohetes explosivos o de luces, tenían que tener y creo que todavía es necesario, una licencia como pirotécnico.
No puedo entender la necesidad del ruido que generan los explosivos legales e ilegales. Al principio uno se ríe del momento del susto, pero cuando se ven los animales, especialmente perros, desorientados en las calles corriendo sin rumbo o seres humanos mayores sufriendo por lo inusitado de cada explosión, podemos entender que produce un problema de salud mental de ansiedad que afecta a todos. Más aun, cuando hay un accidente que quema o cercena parte de un cuerpo de un ser humano, especialmente si es menor o en el peor caso, cuando incapacita a termina con una vida.
Recordamos hace poco tiempo la emergencia que causó una explosión en Colinas del Marqués cuando un policía habilitaba un recipiente para agua y una reacción de compuestos químicos reaccionó. Eso causó la evacuación de vecinos del lugar y la movilización de las fuerzas de seguridad pública para atender la emergencia y atender apropiadamente la crisis. La ignorancia y buena intención transformó una situación en peligrosa, la que el mismo Jefe de Bomberos, Angel Crespo, me indicó que había sido la mayor experiencia que había tenido que trabajar, debido a la complejidad de las consecuencias y medidas de contención empleadas para mitigar daños.
Pedrito Vega me llevó detrás de una pared y junto a los demás obreros de la cantera nos tiramos al piso para protegernos mientras se dinamitaba la montaña. Yo terminé, del susto, con los pantalones abajo, que nuestro amigo tuvo que asegurar con alambre para dinamitar. Desde entonces no me gusta nada que tenga que ver con explosivos, aunque me gusta ver de lejos y como espectador, los fuegos artificiales.
Corrí mejor suerte que el inventor de la dinamita, Alfredo Nobel, cuyo hermano murió como consecuencia de una explosión. Se dice que como Dios, que se arrepintió de su obra al crear el ser humano, el inventor vio las consecuencias funestas de su obra en su uso en la guerra y estableció los Premios Nobel para premiar la busqueda de alternativas positivas para el mundo.
Para los vegabajeños, no es un riesgo que debemos tomar individualmente, cuando hay personas que están adiestrados para trabajar las sustancias y los compuestos peligrosos que se esconden en los cartones atractivos de los explosivos. La felicidad momentánea que nos puede dar la utilización de explosivos puede marcar un futuro accidentado y oscuro para los usuarios y sus víctimas. Es un riesgo que no debemos tomar.
Por Quintín Valle Crespo, Educador
Para principios de los años ochenta, el deporte vegabajeño tuvo su época de gloria, los torneos municipales dirigidos por Doña Lalita De León, Directora de la Oficina de Recreación y Deportes de Vega Baja, unió a un sinnúmero de entrenadores, acontecimiento sin precedente .
Almirante – Hector Villarini
Sabana – Profesor Luis ” Wito ” Mejias
Jardines-Necky Ocasio
San Vicente – Emilio Licier
Caserio Catoni – Isidoro
ESC. Lino Padrón – Prof. Carlos Pantoja
Col. Ntra. Sra. del Rosario Prof. Gerardo Santiago-
Alturas- Chema Rios
Colinas – Luis Soler
Pueblo – Lorenzo Ortiz y Jose Chegui De Jesús
Villa Real – Ing. Ramón Rivera QPD y Quintín Valle
Brazilia – Jorge Otero , Flora y Carmen
Carmelita – Alonso Rodriguez
Urb.El Rosario – Marcelo , Angel y Pedro
Jardines – Prof. Hector Rosario
Rudy Rivera, fotógrafo, con Che Torres en la Novena Exaltación del Deporte Vega Baja Melao Melao
San Vicente – Rudy Rivera
Caserio Catoni – Cuni y Bambino Otero
Playa – Javier Escalera
Escuela Mrs. Kelly – Prof. Wilfredo Molina
Colegio Janil – Prof. Pito Arroyo
Alturas – Adal Pantoja QPD
Caserio Catoni – Alejandro Maisonet
Estos entrenadores de diferentes deportes , como baloncesto , voleibol , atletismo y béisbol , le dieron al pueblo de Vega Baja la magia de estar representados por sus comunidades y selecciones de equipos representativos a nivel estatal .
Este pequeño grupo de trabajo bajo el mando de Doña Lalita era respetado por todos los apoderados, entrenadores, árbitros y fanáticos.