Leyes de la Vida: El valor de la opinión del pueblo

Thomas Jimmy Rosario Martínez
Thomas Jimmy Rosario Martínez

1/7/2013 Por Thomas Jimmy Rosario Martínez DVPR

«Ninguna ley escrita ha sido más vinculante que una tradición sostenida por la opinión pública», Carrie Lane Chapman Catt, feminista, sufragista, fundadora de la Liga de Mujeres Votantes, en un discurso ante el Senado de Estados Unidos en 1900.

Las leyes escritas, en teoría, deben responder a las necesidades de los pueblos. Pero la realidad es que eso no siempre ocurre, debido a que los políticos atan sus ejecutorias a los intereses personales, religiosos, económicos, y político partidistas en su derredor y eso les impide tener un cuadro más claro de donde poner los recursos del estado para servir mejor a sus constituyentes.

El pueblo siempre tendrá su espacio para expresarse en la «encuesta más importante», como le llaman los políticos a las elecciones, pero mientras tanto, a los ciudadanos en ocasiones se trata con indiferencia o sin interés genuino de resolverle sus problemas. Una de las razones es que al político no le es familiar el reclamo y en lo que lo identifica, se pierde la oportunidad. Otra razón es que va contra los propios intereses del que tiene el poder para resolverlo y en lugar de darse la oportunidad de ser justo, lo pospone indefinidamente o lo decide a favor de sus propios intereses.

En ese juego todos perdemos. Un funcionario o empleado público es como un juez, porque tiene la oportunidad de examinar situaciones y tomar decisiones que van a afectar la vida de los seres humanos. En ese proceso, debe refrenarse de su prejuicio y actuar conforme al criterio más amplio y razonable que pueda lograr.

Esa prerrogativa, no puede ser una decisión contraria a derecho o contra las sanas normas de justicia. Pero tampoco puede dejar de considerar las leyes no escritas de los valores humanos que se encuentran en la historia, los usos y las costumbres y en la idiosincracia de un pueblo.

Se sorprenderían saber que estos valores han sido tímidamente incluídos en el Código Civil de Puerto Rico, pero no son específicamente definidos, por lo que hay que buscarlos en el interior de lo que somos y cómo somos.

La opinión pública es también vinculante. Los que no tenemos el poder porque no lo hemos buscado, no lo queremos o no lo hemos logrado, nos desquitamos de los otros que lo han ostentado y no lo han hecho bien cada cuatro años. Sabemos que en el interín, lo que el pueblo quiere se manifiesta mediante protestas, escritos y acciones dentro de los cuatrienios.

El político prepotente tiende a tener un sólo discurso y a mantener secretos para disminuir el tiempo de discusión de los distintos temas importantes. Cuando un funcionario es parco o no es claro en sus planteamientos, pareciendo demostrar, aunque no lo tenga, un dominio de un asunto, el ciudadano común debe alertarse y hacer más alto el sonido de su protesta.

Los que somos es el producto derivado de siglos de años de evolución. Nuestra historia, como hablamos, cómo pensamos, qué comemos y lo que hacemos, es la forma familiar colectiva que hemos escogido para vivir y es la que debemos continuar.

En ese reconocimiento de nuestra identidad está la tradición y por supuesto, nuestra opinión generalizada o particular sobre los distintos asuntos que nos rigen. La esclavitud en sus distintas facetas ha sido abolida. La percepción de la infalibilidad de nuestros dirigentes, ha sido derrotada. El valor de la palabra y la acción de los ciudadanos, en la democracia, es lo que realmente le da el valor a la sociedad y a la civilización.

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