
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
Las cuatro muertes y el herido relacionadas al tráfico de drogas en Vega Baja y la posible acusación a otra persona vinculada a este negocio, solo demuestra la intolerancia de los grupos emergentes por el control.
He perdido a innumerables amigos en los vicios de sustancias controladas e incontroladas. Ninguno de mis tíos varones sobrevivió a mi padre, que era el mayor de los cinco hermanos. La diferencia fue el licor. Otro tío materno murió a los sesenta años después de una vida en descontrol por los medicamentos controlados por el estado, pero sin él poderlos controlar. El mensajero que tenía en la oficina legal fue acribillado de 75 balazos en la Urbanización Las Flores. Un buen amigo que ayudé a rehabilitarse después de cumplir cárcel en Pennsylvania, lo encontraron asesinado en el área de la Central San Vicente.
Recuerdo que antes le temíamos a los borrachones imprudentes y abusadores. Hoy día le tememos a los junkies y zombies que andan por nuestras calles. La causa y el efecto es el mismo. Pero para los que ni bebemos ni nos endrogamos, el temor mayor es quedar en medio de una balacera indiscriminada o que alguno de nuestros niños, familiares o amigos, queden incapacitados o mueran en uno de esos actos de justicia del bajo mundo.
Así le pasó a los vegabajeños de antenoche. Quedaron atrapados tal vez en el vicio, el negocio o en la casualidad. Comoquiera es una tragedia para sus familiares y para los que los conocieron y los vieron crecer. Es también una preocupación para los que queremos vivir una vida en comunidad, tranquila, segura y felíz.
¿Qué podemos hacer?
Primero, salir de nuestras cuevas. El miedo nos hace ser víctimas emocionales y objetivos casuales en caso de una disputa entre los que viven en ese ambiente.
Segundo, participar en los esfuerzos para separar a los que se dediquen o participen de esos negocios o costumbres. Me refiero a brindar confidencias a la Policía y denunciar cualquier ataque directo a la tranquilidad personal o familiar de parte de algún enfermo o negociante de la droga. No podemos seguir dejando esto en manos de la Policía solamente, porque ellos también sienten los mismos miedos que nosotros y hasta a veces mayor temor, debido a su trabajo, que los convierte en enemigos gratuitos de los delincuentes.
Tercero, darle la mano a los enfermos de la droga. Hay muchos grupos sociales, como Iniciativa Comunitaria, ministerios de servicio a drogadictos y muchas otras alternativas que en grupo, pueden hacer más que la participación individual y permite adoptar mejores técnicas para trabajar a cada adicto con sus propias necesidades. Si eliminamos a los adictos, terminamos con los clientes del negocio de la droga.
Cuarto, debe haber prevención desde el propio hogar. No se les puede facilitar licor, cigarrillos ni ningún tipo de sustancia adictiva a menores en ningún caso ni a mayores que hayan demostrado que no pueden controlarse. Para ser sociable, no se necesita ningún estimulante. Hay valores que se pueden enseñar y practicar. La familia, debe incluso extender su vigilancia sobre los menores de su vecindario y de los lugares donde se interactúa y evitar acceder a lugares virtuales y reales donde haya aparente peligro.
Quinto: En nuestra ciudad, se ha señalado a Altos de Cuba, el Residencial Catoni y el Ojo de Agua como los lugares en que se debaten los grupos para prevalecer en el negocio de estupefacientes. La razón principal, sin duda alguna, es la pobreza. Esta lleva a buscar prevalecer en un mundo que ha sido hostil a los residentes y su respuesta, de parte de algunos equivocados, es iniciar una empresa exitosa con el producto y servicios también equivocados.
Hay que transformar ese pensamiento haciéndoles conocer un mundo nuevo, que existe, de productividad y honradez dentro de unos resultados positivos para sus propias comunidades y para el país. Como decía el Comisionado Edgardo Santiago Canales, hay que educar valores y darle las herramientas para que ellos propicien su propio plan individual y colectivo.
La búsqueda y desarrollo de esa nueva verdad, tiene que proporcionarle una nueva vida a cada uno de sus residentes y a nuestra ciudad. Tenemos que dejar de pensar que el problema está afuera o lejos o que eso no es nuestra responsabilidad. El efecto es el mismo. Nadie está inmune y el problema de los demás, es necesariamente, nuestro problema.
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