
Herminio Marrero| Mi hermana Toñita

Archivo del Diario Vegabajeño de Puerto Rico Segunda Etapa de Diciembre 2012 a Octubre 2016
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Hoy mi padre cumple 85 años de vida. Yo personalmente celebro también sus 70 de fotógrafo. Debido a su reciente crisis de salud, la cual afortunadamente ya ha superado, no habrá una celebración pública como íbamos a hacer, pero con el buen pensamiento de los usuarios del Diario Vegabajeño, los amigos que lo recuerden y lo aprecien y la familia, bastará para que se sienta bien.
Me gusta hablar en presente de Jimmy Rosario porque él está muy vivo y activo. Contrario a
los padres de mi generación que muchos han fallecido o viven una ida separada de la madre o los hijos que tuvieron, él hace lo mismo que cuando le conocí. Aunque dicen que la relación de matrimonio de Jimmy y Yuya ha durado por más de seis décadas gracias al carácter de mi madre, yo creo que el tiene el cincuenta por ciento de crédito. Ha sido un buen proveedor y consistente en el amor y dedicación a su familia. Así también lo fue con sus padres, tíos, hermanos, primos y sobrinos.
El otro aspecto positivo de él es su amor por los vegabajeños. Desde 1943 también se ha dedicado a lo mismo, con la misma gente, a excepción del receso entre 1947 a 1950 que estuvo en el Ejército de Estados Unidos. Al principio retrataba a sus compañeros de clase y con el dinero que sacaba de los retratos de los escolares cada día acumulaba recursos para mejorar. En la época navideña hacía juguetes de madera que vendía en una esquina del pueblo. Siempre tenía una nueva iniciativa para mantenerse en la pelea por la vida.
Nunca le interesó ser miembros de instituciones sociales ni religiosas, pero participó en
instituciones culturales, deportivas, comerciales y profesionales. Presidió y ocupó cargos importantes en todas las instituciones en que participó. Ha dado muchos años de servicio con aportaciones importantes para el desarrollo del comercio, el cooperativismo, la fotografía, el periodismo y la historia de nuestra ciudad, de Puerto Rico y otros lugares del mundo.

Herminio Marrero compartió la foto de Made in Puerto Rico.
Hace cerca de cuarenta años que elaboré una teoría sobre lo que define el gentilicio vegabajeño.
Al menos, desde principio del siglo XX nos llamamos como tal el que ha nacido o residido en lo que conocemos como el pueblo, municipio o ciudad de Vega Baja, en Puerto Rico. Esto lo he unido al sentimiento de ser vegabajeño más que al vínculo de un registro demográfico o electoral o una dirección residencial porque no se trata de ninguna ley el ser vegabajeño, sino de la voluntad de serlo.
Posteriormente he trabajado con muchos temas relacionados, como los cognomentos (cómo nos llaman o somos conocidos), el origen de algunos nombres de barrios, sectores y hasta de los nombres con los que se ha conocido Vega Baja a través de su historia. Mis trabajos de investigación se basan en hechos y opiniones de otros autores, tradición oral, documentos, percepción y análisis filosófico, sicológico y sobre todo histórico. Explico.
Desde mi niñez he escuchado utilizar la palabra vegabajeño. Oía hablar del Trío Vegabajeño, los Vegabajeños Ausentes y que yo era un vegabajeño. Esto daba un sentido de pertenencia, de diferencia con el resto del mundo y un sentimiento. Pero, ¿donde comenzó todo?
Vega Baja es una municipalidad que desde la colonización contaba con personas poderosas social y económicamente que querían que la región del Sibuco, el Naranjal o La Vega, como fuimos conocidos de tiempo en tiempo, se ubicara en donde la conocemos actualmente. Vega Alta, antes de dividirse y fundarse en 1775, era parte del territorio de que también integraba nuestra ciudad cuando pertenecíamos a Manatí, que a su vez había sido fundada en 1730. La tradición oral concede a nuestra ciudad su origen formal desde 1776.
El orígen de las dos palabras vega y baja, en español, sugiere que es una consecuencia de la costumbre de nombrar los lugares de acuerdo a su topografía. En el caso de La Vega, de la cual se divide luego la Vega Alta y la Baja, era muy común ponerlo a lugares de España y América, como la región de Vega Baja del Segura en España, La Vega en la República Dominicana y Las Vegas en el estado de Nevada, todos lugares de presencia cultural española. De hecho, son más los nombres vegabajeños por su entorno geográfico que por cualquier otra razón para nominar: Rio Abajo y Rio Arriba, Algarrobo, Tortuguero, Ceiba Sabana, Quebrada Arenas y La Trocha.
Otro colorario a esta teoría es que era usual, tanto para España, Francia como Inglaterra, encontrar nombres de lugares ya existentes en el Viejo Mundo, como Nueva York, Nueva Jersey, Nueva España (Mexico), Nueva Orleans.
Vega Baja es un distrito de la Provincia de Alicante de España con hermosas playas y tierras bajas fertilizadas por el Río Segura que entra al Mar Mediterráneo, coincidente en concepto geográfico con nuestro Vega Baja.
Obviamente, parece evidente que las palabras Alta y Baja que suceden a la palabra Vega en nuestros pueblos hermanos, se concedieron por la altura de los poblados en relación con la costa. Los dos centros tradicionales no están al mismo nivel. Vega Baja está más cerca de la costa mientras que Vega Alta lo está de la montaña.
El arqueólogo Carlos M. Ayes Suárez tiene otra teoría. El cree que Vega, La Vega o Vega Baja provienen de una familia Vega que es mencionada por el cronista Fray Iñigo Abbad y La Sierra y de la cual hay evidencia histórica hasta nuestros días de su existencia.
Encaja muy bien con otra tradición toponímica de ponerle nombres a los lugares por personajes, o dueños relacionados con el lugar. En Vega Baja hay varios lugares en ese plano, como Carmelita, en el barrio Ceiba, que originalmente fue una hacienda de alguien de nombre Carmen, San Vicente, Cabo Caribe, Colinas del Marqués, por Leonardo Igaravídez, el Marqués de Cabo Caribe, el sector Miss Kelly, por una maestra de ese nombre, Almirante Norte y Sur, por ser las “tierras del Almirante» Cristóbal Colón, entre otras.
En respeto a la verdad histórica debemos tener en suspenso cualquier conclusión sobre el orígen del nombre de Vega Baja y no descartar ninguna otra teoría. Hay que seguir recopilando información, estudiando documentos y comparar nuestros comienzos a los demás.
Este asomo a la verdad definitiva es con lo que contamos hoy día. Tal vez en el futuro podamos aclarar este misterio de nuestro pasado.
Allí a primera hora estaba la maestra de salón hogar erguida con típico uniforme «niñas escuchas» que dirigía. Era la Srta. González de Estudios Sociales. Por alguna razón la clase no se desarrollaba como de costumbre. La maestra con estilo de trabajo líder autoritario se veía triste. Afectada, compartió con el grupo su honda pena. Por Thomas Jimmy Rosario Martínez DVPR
Hoy hace medio siglo que Lee Harvey Oswald asesinó al Presidente John Fitzgerald Kennedy. Hay muchas historias en torno a quién o quiénes lo mataron, producto del aprecio y el inesperado desenlace de su breve estancia en el cargo.
Fue el Presidente de los Estados Unidos más jóven de la historia, con un carisma nacional e internacional innegable. Prueba de ello es el efecto que luego en el mundo tuvo su muerte, siendo honrada su memoria por casi todas las naciones del mundo.
He tenido la oportunidad de seguir su trayectoria desde visitar la casa donde nació en Boston, Massachussets, su biblioteca-museo y su tumba. Me falta visitar Dallas, Texas, donde un 22 de noviembre de 1963 a mediodía le dispararon a la cabeza en una caravana.
Cuando se conoció el atentado, el mundo vegabajeño se paralizó. Aunque se
conocía su muerte desde el mismo momento, se pospuso el anuncio oficial por razones de seguridad para el Vicepresidente Lyndon B. Johnson, quien se trasladó inmediatamente al avión presidencial para prepararse a juramentar por primera vez, ante un juez federal femenina. Aun no se llamaba jueza a las magistradas que ejercían ese cargo.
Para ese tiempo las noticias no fluían instantáneamente. En lo que se producían y salían por el teletipo, que era una máquina impresora, había un espacio de tiempo considerable. Y si la noticia venía en inglés de alguno de las agencias como United Press International o Associated Press, había que traducirla o leerla para la radio o televisión simultáneamente con la traducción que el mismo locutor hacía. Esos espacios de tiempo imperceptibles para los radioyentes o televidentes aumentaban la tensión e incertidumbre.
El domingo siguiente al incidente, los Niños Escuchas de la Tropa 132 y una muchedumbre de personas nos reunimos en la Plaza José Francisco Náter. Allí escuchamos a varias personas hablar y explicar lo que había pasado. Recuerdo, más que otra cosa, la dramática oración que hizo el que después fuera Representante a la Cámara por Vega Baja, Vega Alta y Dorado, el educador y agrónomo Manuel Vélez Ithier.
Mister Vélez, como le llamábamos, se hincó de rodillas y le pidió a Dios por la paz mundial, que pasara ese periodo de confusión y que la muerte de Kennedy y la de Oswald, sospechoso de su asesinato, no fuera a degenerar en más violencia y en noticias tristes para la humanidad.
Siempre quedé impresionado de la pasión de ese hombre y de su genuina preocupación por los seres humanos. Luego conocí y vi muchas de sus obras humanitarias y de su sensibilidad para personas desvalidas y necesitadas, de las cuales hay que tratar en el futuro.
La muerte de Kennedy tuvo un efecto dominó en la nación, en Puerto Rico y Vega Baja. Por la incertidumbre de paz, se mantuvo el Campamento Tortuguero que había sido construído para la Segunda Guerra Mundial. Este ya estaba siendo descartado desde el final de la Guerra de Corea.
Algunos vegabajeños tuvieron que ir a Vietnam, con las consecuencias de las heridas mentales y físicas o en el peor caso, regresar en un ataúd. Esto nos cambió el cuadro de interacción social, con el efecto de la proliferación de muchas clases de drogas, las recetadas y las ilegales.
La juventud se rebeló. Nuestros músicos locales dejaron el bolero y la música jíbara por los ritmos movidos del rock. Hasta hubo el Festival Mar y Sol donde se introdujo la vida escapista y el nudismo público, impactado los mores sociales de la época.
Nuestros historiadores del futuro tienen aquí un gran taller para ver en detalle la evolución de nuestra sociedad particular vegabajeña. Este fue sin duda u acontecimiento influyente en lo que nos convertimos en el último siglo.
Muchos de los actores de la vida, en los niveles nacionales e internacionales ya no pueden contar esa historia. Los sobrevivientes pasivos que aun quedamos, tenemos mucho que decir.
Acceda a https://diariovegabajeno.com/2013/11/14/medio-siglo-desde-el-asesinato-del-presidente-kennedy/
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez DVPR
Hoy es el Día del Descubrimiento de Puerto Rico. Si descubrir es ver, se descubrió unos días antes de lo que se ha dicho, de acuerdo a las crónicas de navegación de la flota del Almirante Cristóbal Colón.
Ultimamente se ha descubierto que Cristobal Colón no era genovés, sino
español. Tampoco cuando a nuestras playas llegó, exclamó lleno de admiración !oh! !oh! !oh!, esta es la linda tierra que busco yo, es Borinquen la hija, la hija del mar y el sol, como dice el himno que escribió un casi vegabajeño, Manuel Fernández Juncos.
Pero si los mitos y errores históricos no fueran suficientes, también nos imponen una celebración, que desde hace muchos años es cuestionada por sus efectos disipantes de la nación aborígen que aquí existía.
La historia se nutre de muchas fuentes. La conveniencia y la visión del que la escribe, generalmente le imparte poca imparcialidad a las crónicas y a las interpretaciones que se hacen. Recordemos que la perfección es de Dios, para los que creen y de los prepotentes para los que se la creen.
La historia de Vega Baja es parte de la historia de Puerto Rico, por lo tanto, lo que se llaman microhistorias, como las de distintos aspectos de nuestra sociedad local, en todas sus manifestaciones, definen lo que somos los vegabajeños y el conjunto de todas las expresiones definen lo que somos los puertorriqueños. El vegabajeñismo, es pues, un factor sin el cual no se completa el puertorriqueñismo. Ahí está posicionada la historia de Vega Baja. Somos, como decimos en el juego de dominó, la ficha del tranque.
Cuando hace unas décadas preparamos el libro Vega Baja, su historia y su
cultura, se incluyó una parte sobre prehistoria y otra parte sobre protohistoria. Estos son dos aspectos que no se basa en crónicas o documentos, sino en evidencia histórica de otra clase que define los espacios oscuros de cuando ya hay una relación cultural con una civilización definida.
Sabemos que cuando Colón vino a Puerto Rico ya había una cultura aborígen por la arqueología que ha aparecido desde la costa hasta la delimitación geográfica actual con Morovis, Vega Alta y Manatí y que esta va más allá de nuestra jurisdicción. Por las crónicas de la época posterior, cuando ya empezó la colonización, también conocemos que hubo una tribu llamada Sibuco con un cacique de nombre Guacabo.
Hoy día, mas de cinco décadas después, Cibuco es el nombre de un barrio, de un río y de una desembocadura hacia el norte. En sus márgenes también hubo una comunidad de la que años atrás produjo una cuerda de artefactos extraídas de más de treinta cuerdas que no se han podido investigar. Eso causó que la construcción del llamado Puente del Paso del Indio demorara su construcción y que más de tres millones de dólares se utilizaran para poder salvar lo que permanece aun sin clasificar en algún lugar de Puerto Rico.
Pero no solo en la parte material tangente y visible, el vegabajeñismo ha nutrido la cultura puertorriqueña. En el aspecto genético, los que de alguna manera sabemos y no presumimos falsamente que descendemos de las distintas razas, tambien está la historia.
Hay que agregar además el aspecto de nuestro lenguaje. Generalmente
hablamos en español pero no nos percatamos, que introducimos palabras de la cultura que encontraron los españoles, traducida, desde luego, en el idioma del conquistador. El primer nombre de nuestro entorno registrado es Sibuco, posiblemente con «s» porque venga de la raíz Siba, que significa piedra, según el historiador Cayetano Coll y Toste. En nuestros labios tenemos esa palabra cuando nos referimos a los lugares que hemos mencionado.
Del Cacique Guacabo, probablemente se haya creado la palabra Cabo Caribe, que es un barrio de Vega Baja, de hecho, el barrio industrial por excelencia. La terminación cabo nos sugiere que esa sea la primera palabra. La segunda, Caribe, es confirmada por el compañero arqueólogo Carlos M. Ayes Suárez, quien nos dice que en este lugar se ha encontrado material de la cultura Caribe.

Sobre esto último, me ha surgido la sospecha de porqué el poeta vegabajeño José Gualberto Padilla, utilizó el seudónimo de «El Caribe» para sus escritos. Resulta que el médico que nació en San Juan, que vivió en otros pueblos y en España donde estudió, residió en una casa donde hoy día se encuentra la Ferretería La Principal, en la Calle José Julián Acosta. La parte norte de esa propiedad queda hacia el barrio Cabo Caribe. Sería bueno estudiar esta coincidencia.
La historia de Vega Baja, he dicho, hay que ubicarla donde corresponde. Somos un pequeño país que en muchos mapas del mundo aparecemos como un punto, por lo que pareciera que menos que un punto, Vega Baja no tendría importancia. Sin embargo, ¿cómo se podría escribir una historia completa de una nación, como Puerto Rico, de una región como el Caribe o las Antillas, Estados Unidos, las Américas o el mundo sin la participación de nuestros vegabajeños y de nuestra tierra Vega Baja?
Cuando en Europa, Asia o el Oriente se busque la biografía de un gran compositor que se llama Roberto Sierra, se sabrá que nació en Vega Baja. Cuando a cualquiera de nuestros peloteros gloriosos como Juan González o Iván Rodríguez se exalten en Cooperstown, allí estará nuestro nombre. En cualquier parte del mundo estará Vega Baja, como hoy día lo está en el Archivo de Sevilla, la Biblioteca del Congreso, los registros públicos de los soldados muertos, heridos y héroes de la milicia, en la Constitución de Puerto Rico, en el celebrado arte de Pedro Brull Torres, en el aprecio internacional por Fernandito Alvarez y el Trío Vegabajeño y en miles de aportadores valiosos de las distintas actividades humanas.
La Tribu del Sibuco, el Naranjal, La Villa de Vega Baja del Naranjal de Nuestra Señora del Rosario son algunos de los nombres que ha tenido este bendito terruño permanente que nos ha albergado nuestra vida pasajera. Si sin salsa hay paraíso, como canta El Gran Combo, igual, no hay historia sin nosotros.
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez DVPR
El viernes 22 de noviembre de 1963 nos despacharon en la Escuela José Gualberto Padilla, sin que entendiera de momento las razones para no tener clases. Cuando llegué a la Fotografía Rosario, donde acostumbraba ir después de salir de las aulas para luego marchar a nuestro hogar en Montecarlo, mi padre estaba escuchando la estación WKAQ-Radio Reloj. El seguía las carreras de caballo, como fanático del deporte, pero las mismas también habían sido suspendidas.
Tenía entonces diez años cumplidos. No tenía idea de quién era el Presidente John Fitzgerald Kennedy, lo percibía como algo remoto. Pero recuerdo la tensión del momento.
Para entonces el pueblo tradicional era el centro de nuestro universo. No había las urbanizaciones que conocemos. Todo se hacía en el pueblo. Era punto de partida y de regreso. Por eso, cuando se anunció primero que lo habían herido y luego que había fallecido, la gente venía a comentar y a pedirle a mi padre los últimos detalles que estaban dando por la radio. En aquellos días, la Fotografía era tienda de postales, revistas y discos. También era el lugar donde la gente pasaba a comprar sus rollitos de películas, bombillas para el flash, baterías, para hacer citas para retratos de bodas y tomarse retratos para licencias, trabajos y familiares.
El Expreso 22 no existía, los teléfonos no abundaban excepto el público en una casilla especial donde mismo estaba el telégrafo, que eran los medios de comunicación existentes. Nuestro teléfono era el número 98, no había disco ni botones para oprimir, computadoras ni Internet. La televisión era de cuatro canales con repetidoras, programación limitada y en blanco y negro. No había transmisiones vía satélite y solo se proyectaban películas de los acontecimientos, no habiendo nada «en vivo» de fuera de Puerto Rico. Recuerdo solo tres diarios: El Imparcial, El Mundo y El Día.
Era también la época de la posguerra, donde la «guerra fría» del espionaje y desconfianza internacional nos puso en varias ocasiones al borde de una tercera guerra mundial. Como americanos, odiábamos a los rusos y creíamos que su sistema era muy malo. Nos apenaba el destino de Cuba, según nos lo contaban los exiliados con los que compartíamos.
En Puerto Rico, el Gobernador era Luis Muñoz Marín, quien había desarrollado una abierta relación con el Presidente asesinado. En Vega Baja el alcalde Rafael Cano Llovio estaba en su primer cuatrienio desde que fue elegido en 1960, pero en su quinto año de incumbencia desde que asumió el cargo por la muerte del alcalde Angel Sandín Martínez en 1958. El Partido Popular dominaba el panorama político-administrativo.
La muerte de Kennedy me impactó profundamente. En adelante leí todos los reportajes de periódicos, revistas, el Informe Warren y no me perdía ninguna película que tratara el tema. Aun tengo muchas dudas sobre la versión oficial pero más las tengo sobre las distintas teorías de conspiración que se han elaborado a través de los años.
Cuando iba con mi padre a retratar en los barrios, estaba su foto en muchos hogares de los vegabajeños y en negocios, como la de Jesucristo, la Virgen y Muñoz Marín. Todos los ignorantes lo santificábamos porque aprendimos que había sido un héroe de guerra y porque para nosotros, él era un poder muy superior que nos había dado esperanza por su jovialidad y su manera distinta de bregar con las cosas importantes de la nación americana y de Puerto Rico.
Su asesinato fue un cruel ataque a la paz después que se hubo alcanzado en Europa en la Segunda Guerra Mundial. Tal vez el Vietnam que conocimos no hubiera sido lo triste y desafortunada en que luego se tornó ni hubiera habido los asesinatos de secuela de Martin Luther King y Robert Francis Kennedy en 1968.
Vega Baja, como una unidad social, sufrió el impacto directo de esa pérdida. Cincuenta años después, podemos reflexionar sobre las inseguridades que tuvimos en los siguientes años, lo que perdimos y ganamos y de cómo a raíz de un acontecimiento como ese, experimentamos el cambio social.
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