
Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
Muchos puertorriqueños le tienen miedo a la independencia. Yo soy estadista pero no temo que los puertorriqueños asuman el gobierno en todos sus aspectos. Creo que el puertorriqueño está aun mejor capacitado que cualquier persona del mundo para bregar sus asuntos.
Creo en la estadidad por varias razones. Primero la económica. Estar insertado en la economía americana, la más exitosa de las américas y del mundo nos produce un movimiento económico individual más provechoso que las repúblicas del caribe y la mayor parte de las Américas de Norte y Sur. Por eso, cuando el gobierno está en intensivo, aun los centros comerciales se llenan y nuestros boricuas tiene la flexibilidad de viajar a donde quieran fuera del mar que nos rodea, a procurar lugares distintos donde vivir cuando las cosas se ponen malas y a recrearnos en los lugares más distantes cuando lo deseamos y podemos hacerlo.
Segundo, Estados Unidos respeta, al menos institucionalmente, las culturas de las cuales está compuesta. Como nación de inmigrantes, tiene una diversidad en cada estado. Hay discrímen como en todo el mundo, pero las leyes brindan la oportunidad de equiparar los desniveles sociales.
Tercero, la presencia americana supera en el ámbito de la justicia a la local. Se logra impactar a sectores de la sociedad que el gobierno estatal no puede.
Hay quien dice que no somos americanos en el sentido de como son los que viven al lado de allá. De la misma manera podríamos decir que no somos puertorriqueños como los que reclaman serlo en Nueva York y Kissimmee. Pero ninguna de las dos ideas son ciertas. Estados Unidos es un conglomerado de personas de distintas maneras de pensar, vivir y actuar que incluye a los puertorriqueños. Que somos nación perfectamente distinguible ante el mundo también es cierto. No una nación en el sentido de soberanía, pero con rasgos culturales perfectamente distinguibles.
Por eso, podemos, cuando lo decidamos, antes de que seamos estado, convertirnos en una nación libre y soberana. Inventos intermedios como libre asociación o república asociada me parecen los cuentos de nunca acabar y de dejar latente esperanzas de mejor trato, lo que no creo que vaya a ocurrir. Lo mejor es la igualdad. No de nombre sino de hecho. La garantizada, no la de los voceros de esperanzas inseguras.
El problema de los puertorriqueños es que nos comportamos como guaraguaos. Damos la vuelta varias veces para aprender y hacer lo malo. Ubicamos a personas con responsabilidades que no pueden cumplirlas y luego culpamos a todo el mundo del resultado. El guaraguao persigue la presa y a veces la prefiere muerta, porque no se resiste, pero está preparado para pelear si es necesario con las herramientas conque vino.
Los guaraguos humanos de nuestra tierra estudian donde está el dinero y se tragan los presupuestos. Veamos el ejemplo de Vega Baja de la administración de Edgar Santana.
Personalmente, él no hubiera tenido la capacidad mínima que requiere una empresa de cerca de un millar de empleados y el manejo de un inventario extenso de bienes y equipos. Pero para darle el beneficio de la duda, imaginemos que con personal idóneo pudiera suplir su incapacidad. Yo no dudo que su Asesor Financiero tuviera capacidad, pero sus virtudes llegaron de Manatí a Vega Baja llena de trucos.
Había otro personaje, un superalcalde que desde su casa controlaba al que le debía inversiones que se hicieron en la campaña que lo llevó al triunfo y lo puso a su merced. Ese superalcalde se hizo dueño del presupuesto. En el Senado, se identificó como el que representaba a Vega Baja sin tener siquiera un puesto o cargo. Con otros inversionistas y aun en los demás centros de poder le daban su espacio porque producía resultados electorales con el dinero que aportaba a la propaganda electoral.
Algunos de los que estaban a su alrededor eran serviles y engrandecían a estos dos personajes. Otros los enfrentamos y tuvimos consecuencias, porque en toda guerra siempre hay heridos de todas las partes.
Su principio financiero era muy débil: «El dinero está para gastarse». El de su asesor financiero era de que el Contralor nadie le hace caso, por lo que violar los reglamentos no tendría consecuencias. El inversionista político estaba pendiente de crear necesidades para que el dinero hubiera que gastarlo y él, como buen negociante, tomar la parte a la que se creía acreedor.
Le hicieron creer al alcalde que el dinero era suyo pero no le dijeron que una sentencia podría guardarle lejos de su pueblo por más tiempo que los siete que sirvió de alcalde. Cuando decidió «darle el juguetito» a su inversionista político, que era el depósito municipal de basuras, selló su compromiso con la ilegalidad que se reprodujo en cada actividad que hizo como alcalde. La evidencia es notoria, un edificio en la Playa sin terminar, un edificio para Biblioteca Digital mal construído, una sentencia por extorsión, una derrota electoral a su partido sin precedentes y una incertidumbre sobre el futuro del Partido Nuevo Progresista en Vega Baja. No hay duda que fue como un huracán de categoría 5, cuando pudo ser un alcalde ejemplar.
Confiar es lo peor que le puede pasar a un político. Algunos confiaban en Edgar Santana a ciegas, porque él, a veces violando la ley y los reglamentos, hacía favores con el dinero del pueblo. Hasta sentarse en una barra para hacer relaciones públicas lo pagaba con una tarjeta del Gobierno Municipal. Para el que él le hacía un favor, lo consideraba un Robin Hood, pero Edgar le robaba al gobierno para dar a otros y para recibir él mismo. Robarle al gobierno es robarle a todo el mundo.
Todavía hay gente que dice que el cometió errores pero fue buen alcalde. Ahí tenemos diferencias. Un alcalde no puede violar leyes ni reglamentos, tiene que acatarlos y cumplirlos y si los objeta porque son muy estrictos y no responden a una realidad, tiene el poder de proponer cambios, para que todo fluya como el quiere. Pero no se puede aspirar al poder ejecutivo de un pueblo usurpando funciones legislativas. Cada rama es distinta.
Los guaraguaos no conciben esa diferencia. Ellos, por lo tanto, no son democráticos. Son depredadores. La independencia podría ser buena alternativa, pero primero hay que separar a esa gente del olor al dinero. Porque si todo esto ocurre con una doble polícía, ¿como sería sin los americanos?