Hoy parece ser una más de mis noches largas. El sueño se ha escapado y mi gente duerme. Voy a la parte de atrás de mi casa y miro al cielo.
Los farolitos del cielo están todos prendidos iluminando todo el llano. Los coquíes y las cigarras parecen haber tomado una bebida energética y no se callan aunque escuchan mis pisadas y el crujir de las hojas que se quedaron sin recoger en la tarde. O quizás tal vez ya le son familiares por las veces que las han escuchado.
Decido irme al frente de la casa donde tantas veces he estado en mis noches de noctambulismo. La Sabana está en calma y se escucha claramente la música que con acordes de alegría toca en el «Right Field». Mis vecinos duermen. La motora que siempre pasa dos y cuatro veces durante las noches hoy ha hecho un alto en su corre y corre nocturno.
Voy a la nevera y busco unos bloquecitos de hielo y los bautizo con jugo de parcha. Regreso a donde estaba. Tal vez la parcha me dé sueño. Oigo la música nuevamente con una pieza movida movida y me imagino estar bailando en unos de los bailes de marquesina que en el pasado se hacían. Tomé otro sorbo del jugo de parcha y cerré los ojos por un instante.
Me vi recorriendo una verbena que en el parque se estaba celebrando y otra en el alto donde hoy está la iglesia católica. Y vi las máquinas que allí estaban; la silla voladora, una pequeña estrella que nunca fue de mi agrado, el gusano la que en su recorrido nos cubría con una tolda o capa… ocasión que se aprovechaba para gritar con algarabía. Se estaba celebrando también un «talent show» y un reinado.
Era tarde y la gente se disfrutaba la actividad sin temor alguno, compartían unos con otros en sus corillos y grupos comprando en los kioscos que allí habían. Abrí los ojos y me tomé otro poco de parcha, estaba buena. Los volví a cerrar.
Y me encontré con un grupo de amigos que sin pensarlo dos veces nos sentamos en el piso a conversar y a dar chiste. Eran chiste de miedo y de aparecidos. Surgió el cuento de la llorona de la calle uno, los perros gigantes que salían cerca del árbol de ceiba y el trotar de un caballo que se escuchaba pero nadie lo veía, y el nene que aparecía por el puente de la Central y que cuando tú te le acercaba tenía unos colmillos grandes. Mejor nos vamos, es tarde, dijeron algunos. La motora nocturna reapareció con su ruido, haciéndome abrir los ojos. Escuché la música vivaracha del » Right Field».
Me fui a acostar, la parcha me hizo daño.