El pasado viernes 14 de Noviembre fue una noche rica en nostalgia cuando veía en la televisión el desfile de los atletas en la inauguración de los Juegos Centroamericanos en Veracruz.
Ya lo había coordinado desde bien temprano, tres almohadas bien acojinadas y me acostaría tranquilamente en mi cuarto con un jugo de parcha a mi lado conteniendo unos cuantos hielitos, a observar los eventos de la ceremonia. Y comenzó la programación esperada.
Durante la transmisión comenzaron a verse diferentes etapas de los atletas que portaban el fuego en las antorchas hacia la sede de las actividades de inauguración donde se encendería el pebetero oficial de los juegos. Al ver aquellos atletas corriendo con la antorcha olímpica eché la cabeza hacia atrás en las cómodas almohadas y me fui a viajar en el tiempo para el 1979.
Don José «Che» Torres dirigía el Departamento de Recreación y Deportes en nuestro pueblo Vega Baja. Había citado a un grupo de personas a una reunión en la oficina de Recreación y Deporte por la noche, entre los que me encontraba. Allí me dio la noticia de que por la labor realizada en la comunidad en el desarrollo del deporte del baloncesto y el voleibol, me habían seleccionado para portar la antorcha olímpica de los juegos que se celebrarían en Puerto Rico en un tramo desde Corozal a Vega Baja.
A todos los allí presente le dieron la noticia. La antorcha había estado recorriendo la ruta por todos los pueblos de mi isla. Tenía el honor de portar el fuego desde mi vecino pueblo de Corozal; sentí el palpitar de mi corazón con gran energía y la sangre me fluía con velocidad por todas mis venas y arterias.
Me dieron la encomienda que junto a los demás lideres seleccionara una representación de mi comunidad para que fueran portadores también del fuego, ya habían preseleccionado a Ramón Luis Nieves y René Rivera por su destacada labor como jugadores en el béisbol doble AA quienes estarían recibiendo la antorcha en la ruta más cerca del pueblo y ellos a su vez se la entregarían a Iván Rodríguez y Juan «Igor» González quienes encenderían el pebetero ubicado en la plaza Francisco Náter.
El municipio tendría un guagua disponible para llevar a todos los corredores al vecino pueblo de Corozal y de allí nos dejarían en los diferentes puestos donde estaríamos ubicados para recibir la antorcha de manos de los demás atletas. Para ese tiempo yo estaba en muy buenas formas pues jugaba voleibol y corría varias millas casi todos los días, así que me sentía muy seguro y con muchos bríos para participar. Le di el notición a mi esposa y a mi familia.
Entre las personas seleccionadas de la comunidad para participar se encontraban vea la foto (el segundo de izquierda hacia la derecha, Salvador Muriel, yo en el cuarto lugar, seguido de Claudio Rafael López quien se destacaba en la pelota, debajo de izquierda a derecha José Javier Mercado quien representaría a los niños de la comunidad por su destaque en la pelota y quien corría bien y el tercero Ramón «Monchito» Camacho hoy con el apellido Rivera.
El primero de izquierda a derecha, el sexto y el que está en el medio entre Javier y Monchito no han podido ser identificado, estos vivían en otros lugares. Esta foto fue tomada por la Sra. María Dolores Muriel .
Llego el día ansiado, se repartieron los lugares donde estaríamos apostados. Seleccioné un tramo casi al final en el barrio Almirante Norte. Me amarré un pañuelo en la cabeza, ese sería mi distintivo, y esperé. Cuando vi el atleta correr y venir hacia mí para entregarme la antorcha encendida, las palpitaciones aumentaron, me le acerqué a su lado y tomé la antorcha y comencé mi tramo… la gente a los lados aplaudían histéricos según pasaba a su lado y me ofrecían vasos de agua, no acepté ninguno porque me había preparado para la carrera.
Vi a mi esposa con mis hijos Sadesky, Yatska y Linuel quienes aplaudían, me reí con ellos, mi corazón no me cabía en el pecho de la emoción que sentía. Estaba portando la antorcha y el fuego, en ocasiones se hacía sentir con el viento. Durante la carrera sentía que en ocasiones por el peso de la antorcha se bajaba mi brazo. Comencé a ver la persona a quien le tenía que entregar la antorcha. Me le acerqué y le indiqué mantén la antorcha retirada con el brazo estirado por que el fuego lo vas a sentir. Me reencontré con los participantes, todos aplaudían regocijados por la representación tenida. Habíamos logrado el objetivo, transportar la antorcha con el fuego de los juegos desde Corozal.
Abrí los ojos y enfoque hacia la televisión, que maravilloso espectáculo presentó la organización. La delegación de Puerto Rico con sus machetes en manos, la pancarta en defensa de la excarcelación y la libertad de Oscar. Tomé la toalla y la pase por mis ojos.
Sé la emoción que se siente al correr con la antorcha y portar el fuego de los juegos.