Por Thomas jimmy Rosario Martínez DVPR

El historiador vegabajeño Luis de la Rosa Martínez escribió un folleto con un trabajo titulado «La Instrucción Pública en Vega Baja 1814-1910» hace muchos años. Para los que no saben quién fue Luis, quiero decirles que fue la persona que se echó a cargo la organización y clasificación de nuestro archivo municipal a fines de la década de 1960 y labor que nunca terminó por muchos factores.
A pesar de sus obligaciones con el Archivo General de Puerto Rico el cual dirigió después de haber ocupado la plaza de archivero por muchos años, profesor universitario, conferencista, mentor y ayuda fundamental a los historiadores puertorriqueños de la época, sacaba tiempo para estudiar y escribir sobre Vega Baja y propiciar investigaciones sobre la historia de nuestra ciudad. De ahí nacieron otros libros, estudios, tesis de maestrías y doctorados y el agradecimiento eterno de la comunidad de historiadores de Puerto Rico, consignado en las mismas producciones que se publicaron por varios años.
En «La Instrucción Pública de Vega Baja», Luis cuenta una verdadera historia de limitaciones de recursos y de juicios y prejuicios que precedieron al sistema educativo que luego hicieron los americanos y los puertorriqueños.
Cuando uno lee el contenido, le parece que está en otro mundo. Efectivamente, aquello era otro mundo, pero ahora que estamos doscientos años después de aquel comienzo, con informática global, edificios modernos, maestros, directores y Secretarios de Educación preparados con bachilleratos, maestrías y doctorados, el sistema no funciona. No hay maestros ni hay servicios y ya no está habiendo estudiantes, cansados de esperar por los maestros que no llegan y si llegan no trabajan eficientemente. Otros emigran con sus familias a otros estados donde la calidad de la educación es indudablemente superior.
Cada educador vegabajeño debe leer ese escrito, pero cada vegabajeño debe saber su contenido. En aquel momento la educación era un asunto municipal.
En mi niñez, los maestros eran la extensión de los padres y así todos lo sentíamos. Juan Quirindongo Morell cuyo nombre se le ha dedicado a una escuela superior de nuestra ciudad, le hablaba malo a los estudiantes y le tiraba con los martillos, pero nadie se atrevía a enfrentarle o llevar la queja a su casa. Con la bibliotecaria de la Escuela Intermedia Urbana, Carmín García, esposa de Reinaldo Cano, fui por primera vez a una librería a comprar mi primer libro, la novela «West Side Story» en español. Josefa Torrech, la bibliotecaria de la Escuela Superior de Vega Baja cuando aun no se llamaba Lino Padrón Rivera, era también compiladora de material sobre historia de Vega Baja. Cada uno de ellos era un servidor social, además de ser educador.
Había un interés por desarrollar las buenas costumbres, el conocimiento y la inteligencia. ¿Donde se perdió ese camino?