El año de 1964

Thomas Jimmy Rosario Martínez por LuigiPor Thomas Jimmy Rosario Martínez DVPR

Hace cincuenta años tenía once. Estaba en sexto grado en la Escuela Padilla donde me gustaba hacer travesuras. En una ocasión, en un periódico hecho a mano que le puse de nombre La Pequeña Prensa escribí algo impropio de una maestra -todavía lo hago- que me ganó un regaño y dejar en suspenso  mi vocación periodística.

Ese año mis padres me enviaron a Nueva York. Entre Queens y el Bronx, visité los museos, zoológico y la ciudad, corrí en subways y guaguas por primera vez y tuve la oportunidad de ir a Radio City Music Hall y a  la Feria Mundial. Más adelante les contaré mis aventuras, pero vamos a quedarnos en el pueblo.

Medio Siglo atrás, residía en la segunda planta de la casa que está ubicada en la Calle Acosta esquina Muñoz Rivera. Mi papá era independentista activo, pero quedábamos frente al Comité Municipal del Partido Estadista Republicano donde a partir de las cuatro de la tarde ponían las bocinas hacia donde vivíamos, lo que terminó dándome migraña recurrente. Ese Comité estaba dentro de lo que conocemos como Teatro Fénix, que en años posteriores sería también la sede para el Partido del Pueblo.

024-0 Antiguo Teatro Fenix 1917Mi mundo era pequeño. Los mayores que no eran mi familia me cuidaban mi ruta a la Calle Corchado, Las Flores, La 15 y la Baldorioty, la búsqueda de las cartas al Correo, ubicado en la Calle Betances cerca de la Plaza de Mercado y las compras en el negocio de Roberto López, Santos Martínez o el Supermercado López. Don Pío Calderón me vendía los efectos escolares y Doña Paula, su esposa, me hacía chistes.

Las farmacias tenían un acuerdo de apertura; Farmacia Nater foto 1950siempre había una abierta de noche o de turno para despachar recetas. Los negocios en general abrían los sábados hasta las nueve de la noche. para la clientela cautiva que tenían, pues no habían tiendas de cadenas, ni centros comerciales.

No había tarjetas de crédito ni de débito. Se compraba al contado o con cheques. La mayor parte de los comerciantes ofrecían crédito directo  y la gente por honor, pagaba al final de mes, cuando recibían su salario o pensión. Porque eso de pagar semanal o quincenal vino después. A los empleados se les pagaba en efectivo, por lo que tenían que tener dinero disponible el día de pago.

La Iglesia Católica aun ejercía mucha influencia. El Procesion 042 Iglesia Católica 1956domingo el padre censuraba algunas películas que se darían en la semana en el Teatro América, porque todos los días se cambiaba la cartelera y eran diferentes filmes los que se exhibían, matiné y noche, dos veces al día. Solo en Viernes Santo daban tandas corridas desde temprano hasta tarde en la noche.

TEATRO AMERICALos miércoles era día de adultos varones que iban a ver películas pornográficas. Los sábados en matiné daban el noticiero Viguié con anuncios, una película de muñequitos, un capítulo de una serie de acción que dejaba al héroe o «al muchacho de la película» como nosotros le llamábamos, en peligro de muerte hasta la próxima semana cuanto el próximo capítulo comenzaba donde el anterior había terminado.

Cada sábado nos desengañábamos con lo que habíamos creído que pasaba al final del anterior capítulo. Las series eran de vaqueros, de héroes, detectives o superhéroes, muchas de ellos hechas décadas atrás, pero para nosotros siempre eran nuevas. Eran tiempos de cine barato, de veinte centavos la taquilla. Afuera, habían dos bolsas de platanutre por cinco centavos y el pregón de aquel hombre grande que gritaba !Eh, platanutre a vellón!

Cuto Chapel era el dueño del teatro. Rosita Meléndez y Doña Matilde, su tía, Guillo y Juan De Dios eran los empleados. Era una sala grande y  larga, donde se celebraban actos públicos, graduaciones y espectáculos. Allí vi a Marisol, la cantante española, al mago Richardine con su asistente juvenil Angela Meyer, a Evaristo Otero (Coto) dirigiendo a Doña Rosita La Soltera y a mi padre celebrando un espectáculo del Día de las Madres con otros comerciantes. Allí bailé una polka en la Graduación de Noveno Grado con mi novia de entonces Mellissa López Eggleston, a quien el otro día me la  recordó Mily Navedo y personifiqué a un vendedor de helados y otro de pasteles en dos ocasiones distintas.

Ese marco del Vega Baja de hace medio siglo me llevó a otras fronteras, pero siempre regreso a la poca distancia del recuerdo entre mi memoria y la percepción. No me canso de caminar las calles y visitar los lugares de mi ciudad donde disfruto este hogar extendido.

Habremos de volver a lo que mis sentidos percibieron entonces, porque nadie me lo dijo. Lo viví.

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