Levantarse con la noticia del fallecimiento de alguien querido nunca ha sido un sentimiento fácil de sobrellevar. Cuando ese alguien querido no es un miembro cercano de la familia, e inclusive hasta los otros días un desconocido, hace que el sinsabor se produzca de manera mucho más extraña, pero esta ocasión particular mucho mas fuerte. Un día como hoy, 17 de abril del 2014 fallece una leyenda José “Cheo” Feliciano: el consentido de Puerto Rico.
La pérdida de Cheo trasciende la línea de lo especial. Nos es chocante y sorprendente porque cuando uno no se prepara para algo así, duele más. Sobrepasar las drogas y el cáncer, para morir accidentado, solo puede dirigirse a la voluntad de Dios. Se nos va Cheo y ¿Quién nos hablará de los Castillos de Arena, nos dirá qué decirle a nuestra Amada Mía o nos contará historias de nuestros antepasados como Naborí, Anacaona y su mismo Caonabo? Tristemente Cheo se nos marcha en un momento donde los que le queríamos y admirábamos, celebrábamos su mejoría de salud y disfrutábamos verlo en las presentaciones de los Salsa Giants con su misma energía. Siempre instándonos a dar lo mejor de sí como planteaba en uno de sus últimos estribillos: “Si quieres limonada, exprime ese limón”.
Pero como ante situaciones difíciles, la fortaleza se convierte en el mejor aliado, no habría mejor medicina que ésta para apaciguar el sufrimiento. En un momento tan difícil como este pareciera que el propio Cheo nos dijera: «Se me parte el corazón, cuando te veo llorar; no te puedo consolar, porque mi pena es mayor.» para luego conjeturarlo con un coro idóneo para la ocasión: “canta y olvida tu dolor.” Aun así, la perdida física de Feliciano nos hace individualemente: “Andar con la pena, de que nadie sepa, cual es mi dolor. Sentir mi problema y vivir la vida con cara de amor.”
Quien conoce su historia, sabe que la vida de Cheo no fue color de rosa; no obstante nos enseñó el don de la reivindicación. De igual modo nos brindó la importancia del amor, pues en sus altas y en sus bajas, siempre estuvo al lado de su Cocó. Artísticamente hablando siempre tuvo buen manejo de la clave, un excelente sentido del humor en tarima y un soneo que difícilmente puede igualarse: era un sonero de bailadores. Pero su grandeza como músico estuvo en ese balance de salsa para el bailador (con Cuba, Palmieri, y las estrellas de Fania) y su indescriptible salsa romántica como solista. Era una mezcla perfecta proveniente de un salsero perfecto.
Desde hace décadas nos dio ciertos consejos para cuando este momento llegara. En Sobre una tumba humilde nos dijo: «Bueno, está probado mi gente, que la riqueza del pobre es el amor, el puro amor; que ni la muerte se lo lleva, ¡Sentimiento tú!» Para luego finalizar con: «Bueno mi gente, como se dice en un final: Humildemente, misión cumplida.» En Los entierros, nos dijo en sus soneos: «Aquí no hay indiferencia cuando se nos va un amigo, es el cariño sentido, pero lo damos con entereza.» Argumentando luego: «Y en este último viaje, camino del campo santo, a ese amigo del alma, rumbero, lo acompañamos cantando.» E inclusive nos premunió en una de sus canciones: “Y acuérdate del refrán: por más que vivas, te mueres.”
Aunque la salsa, el bolero, Puerto Rico y el mundo pierden uno de los grandes en el día de hoy, siendo una pérdida irreparable, en mi corazón hay una parte de tranquilidad porque apenas tres semanas tuve el honor de conocerle en su exaltación al Salón de la Fama de la Música Puertorriqueña. Al narrarles mi experiencia, de más está decirles que fue un sueño hecho realidad; como joven salsero quería tener un recuerdo con un titán del género que me apasiona. Recuerdo que ese 27 de marzo tuve que recorrer de Caguas a Bayamón en plena hora pico del tapón; habiendo comprometido unos días antes a unos cuantos familiares y amigos a resolverme unos asuntos referentes a la ropa que me pondría ese día para el tan esperado encuentro, entre otras vicisitudes, para poder cumplir ese anhelo de conocerle.
A pesar de que llegue justo a tiempo, tuve que esperar varios minutos hasta que por fin se dio el encuentro. Tan pronto lo vi llegar junto a su inseparable Cocó, el maestro José Nogueras y doña Norma Salazar, viuda de Curet, el nerviosismo se adueñó de mis sentidos. Cuando tuve el chance de hablarle, gracias a Cocó, recuerdo decirle que lo admiraba, que era para mí un honor y que había sido una inspiración para mi persona. Él un tanto sorprendido, me dio las gracias y pude identificar que aunque fuese un poco le pudo haber emocionado el hecho de ser querido en su tierra por las nuevas generaciones. Luego del intercambio de palabras, me atreví a pedirle un abrazo, a lo que con toda naturalidad respondió y pude percibir un abrazo de abuelo, un abrazo cálido, un abrazo de saludo y despedida. Finalmente le pedí una foto, la cual conservo como testigo de ese encuentro y atesoro como la más alta condecoración salsera.
Recuerdo que cuando decidí irme de la actividad coincidí con él y con Nogueras, pues buscando el calorcito decidieron salir fuera del recinto. Ahí le hablé por última vez. Me alegra poderle dicho, y junto a José Nogueras de testigo, cuanto lo admiraba. Pude decirle que sin conocerlo lo quería y era un verdadero honor haberlo conocido ese día. Con su característica humildad asintió mis pregones y recuerdo que al despedirme les digo muy cordialmente:“Ha sido un placer, soy José Luis” a lo que me respondió: “Yo también soy José Luis, así que somos tocayos”.
Así que descansa en paz mi querido “tocayo” y síguenos bendiciendo desde el cielo. Como te dije fue un honor conocerte y de ti aprendí el decirle a la gente “Familia”, así que cada vez que lo diga de ahora en adelante, será en honor a tu memoria. Salúdame en el cielo a tus amigos: Lavoe, Maelo, Puente, Celia, “el Conde”, Santitos, Barretto, a Tite y a todos los demás. Me despido del mismo modo que nos dijiste al final de Los entierros: ¡Buen Viaje!
