Por Miguel A. Ojeda Trinidad, Legislador Municipal del Partido Independentista Puertorriqueño
Yo no celebro ni estoy de acuerdo con la ciudadanía americana. La presencia de los estadounidenses aquí y allá la precede y la sucede una historia fuerte de militarismo para beneficio económico en todo el mundo en los más de dos siglos de existencia de la nación americana.
Yo creo en la independencia de Puerto Rico y confío en la capacidad de los puertorriqueños para manejar de forma efectiva sus asuntos internos y externos. Lo que nos falta es el reconocimiento internacional y una verdadera libertad interna para que podamos tomar nuestras decisiones, sin interferencia, sin reglamentos ni leyes federales discriminatorias. El paternalismo autoritario de la nación estadounidense solo nos atrasa o nos impide las decisiones que tenemos que tomar por nuestra propia cuenta.
La ciudadanía americana fue impuesta a los puertorriqueños. Primero nos negaron nuestra identidad para que el resto del mundo nos viera como algo territorial, propiedad de la nación americana y luego hasta el derecho a expresarnos y a que nuestro voto contara para elegir a los que nos gobiernan. Lo hicieron los españoles por cuatro siglos y los americanos también por cincuenta años. El resto del tiempo, a pesar de la alegada defensa del mundo por los americanos, a nosotros nos mantienen como rehenes.
Después que nos dieron el derecho a votar para elegir nuestro gobierno interno, nos han mantenido con la cuota militar de sangre perdida, vidas anquilosadas por daño mental y físico en tierras ajenas y extrañas, la imposibilidad de tener una mayor capacidad para el dinero que generamos, no permitiéndonos el comercio con otras naciones y discriminando contra nosotros mediante las agencias y la presencia del tribunal federal en nuestro suelo.
Aun siendo parte de Estados Unidos como un estado más, no tendríamos el control de nuestra sociedad ni de nuestra economía. La representación sería mínima y sin poder de negociación en las cámaras legislativas federales.
Yo no celebro la ciudadanía americana. La recuerdo con luto, pero tengo la esperanza, como el verde de nuestra bandera, de que eso terminará algún día.