El Jamás Renunciaré del Arzobispo

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

OBISPO roberto gonzalez nieves

Cuando las personas pasan mucho tiempo sentados, desarrollan una fuerza imantada entre el fondillo y la silla. No se si la silla se personifica y se cree dueño de la persona o a la inversa, que la persona se enamora de la silla. La realidad es que quien más firme parece ser, termina como habichuela ablandada, aunque inventándose razones para justificar no haber hecho antes lo que estará haciendo después.

La mente es compleja. Las situaciones negativas activan automáticamente un sistema de defensa que coloca a los que cometen errores en un estado de negación. Este momento los lleva a desestimar y atacar  a las personas que dicen la verdad e incluso, si se tiene el poder, hasta a perseguirlas.

En Puerto Rico conocemos el sistema de carpeteo que fue un mecanismo institucional de autodefensa desde los gobernantes americanos, hasta que Rosselló, con el proyecto de reivindicación de daños, terminó para la historia las reclamaciones públicas y privadas de los perjudicados. Solapadamente eso sigue, pero para los propósitos nuestros, lo que quiero significar,  es la posición, a veces  intransigente en que se colocan las personas con poder, que no se dan cuenta de que el poder les es prestado y nunca concedidos dse por vida. Eso se llama prepotencia y les aseguro que es vana, como algunas avellanas.

En la política partidista, recordamos la fidelidad férrea de Thomas Rivera Schatz hacia el candidato Pesquera que terminó con una traición. Muñoz con el pueblo popular y luego Sanchez Vilella con Muñoz. El estadista José Sagardía proveniente del Partido Popular, al igual que Peña Clós,  Jorgito y los penepeístas Justo Méndez, Hernán Padilla y otros. Todos eran los incorruptibles, pero emigraron a comer alpiste en otro nido, como dice la canción de José José.

En Vega Baja, vimos al mismo Rivera Schatz darle la espalda a nuestro pueblo para defender a su amigo Edgar Santana y así  oponer fuerza a los que consideraba sus enemigos políticos  y a los de Edgar, que le estaban acusando criminalmente. Lo vimos repetir que Edgar era inocente, a pesar de que los cargos habían comenzado desde el testimonio de la persona que mejor conocía al alcalde, que fue su Director de Campaña en dos ocasiones y el contratista preferido durante cinco años, lo que permitió que se hiciera multimillonario con el contrato del vertedero. También, para buscar notoriedad, quiso hacer ver que al anterior Secretario de Justicia le habían tomado el pelo, como al gobernador y los miembros del Panel del Fical Independiente.

Nunca le escuchamos recular ni justificar tan dañino respaldo, pero tanto él como su tan defendido alcalde nunca pudieron probar inocencia en ninguno de los cargos. Hay quien dice que quería asegurar un espacio para el contratista de su padre José Rivera Nia en el proyecto mafioso de Playa Hermosa. Para mal de ellos, por su contumacia e insistencia, se le castigó con una sentencia tan severa que hasta el más insensible se apena.

Ahora le toca el turno al Arzobispo de San Juan Roberto González Nieves. El se supone que sea un hombre de paz. Pero a la seriedad que tiene siempre en su rostro, es contario a la dulzura del Papa Francisco. En Boston se le relaciona con el encubrimiento de la pedofilia sacerdotal y en Puerto Rico ha sido un factor divisor entre los católicos y aun entre el pueblo. Obviamente, no se le ve la paz por ningún lado.

Yo no soy católico, pero soy ciudadano. Me molesta que diga que no va a renunciar y que oponga razones de carácter politico-partidista de presión indebida, para no hacerlo, culpando a los demás y no reconocerse como un ente divisor de nuestro pueblo.

Solo hay una definición para una persona buena. El parece que no lo es. Y entre parecerlo y no serlo puede haber un trecho, pero no para los que deben ser instrumentos de amor y de paz, porque el efecto en la sociedad es el mismo.

Su nunca renunciaré podría convertirse en una frase lapidaria. Como la de Macarthur.

Los verdaderos hombres de Dios, como Jesucristo, Juan Pablo II o el mismo Francisco no son afectos a la prepotencia. Ellos luchan contra ese rasgo negativo de la personalidad humana y se atienen a las reglas y las normas de la humanidad y de las instituciones a las que sirven.

El anillo que le dió a Aníbal Acevedo Vilá, con exclusión de los demás gobernadores y comisionados residentes y el llamado Altar de la Patria, entre otros actos,  lo colocan en un lugar de la polaridad puertorriqueña. El dar la espalda a los contribuyentes obligatorios de los colegios católicos lo ubican en un lado frágil entre el fraude y opuesto al propósito de la educación cristiana. Su relación con el asunto de tapar las faltas de  sus compañeros sacerdotes es un asunto moral y social, posiblemente criminal.

No se trata de que renuncie cuando quiera, porque él no es la cabeza del gobierno eclesiástico católico ni tiene el poder para quedarse aunque los demás no quieran. El pertenece a un sistema poco democrático de la institución a la que sirve pero con una estructura de poder establecida de la cual no llega su poder ni al tercer nivel.

Aunque a veces vista de rojo, no es la última Coca-Cola del desierto. Si declararan  que algunas personas son nocivas para la salud mental de los puertorriqueños, él encabezaría la lista.

Aunque el Coronel no tenga quien le escriba y haya Cien Años de Soledad, la falta de ecuanimidad del Arzobispo solo tiene el camino de una crónica de una renuncia anunciada. Solo falta que él se entere.

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