Por Thomas Jimmy Rosario Martínez DVPR
Desde niño, me gusta escribir mucho más que hablar. Cada vez que apelo a mis sentidos para escribir recuerdo la hermosa canción de la trágica suicida Violeta Parra, que a pesar de su tristeza interna, pudo lograr los siguientes versos:
Gracias a la vida que me ha dado tanto, Me ha dado el sonido y el abecedario, con él las palabras que pienso y declaro: madre, amigo, hermano, y luz alumbrando la ruta del alma del que estoy amando.
También desde niño, aprendí a amar a Vega Baja y a discernir lo que era su alma. Pero no fui a ninguna escuela a aprender lo que era esa materia. Eso se conoce por la preferencia en las cosas cercanas, el valorar lo que uno puede percibir con los sentidos y hacerlo propio. Con el tiempo, se convierte en costumbre y parte inherente del ser. Es una trasmutación o integración de los valores con los que se nace a los que uno aprende.
Nací en la Calle Manuel Padilla Dávila, en una casa que mi padre alquiló a la familia Guerrero, de la cual somos parientes por mi bisabuela Carmen Antolina Torres Guerrero. Ese día se reunía la Legión Americana para celebrar su asamblea para elegir la directiva.
Mi padre, que era independentista, fue al balcón a proclamar que había nacido el libertador de Puerto Rico, mientras mi madre con la comadrona Doña María Serrano, terminaban de prepararme para mi primer fotografía.
Ese primer momento ocurrió detrás del Telégrafo, a pasos del Cuartel de la Policía Insular y de la Parroquia Nuestra Señora del Rosario, lo que podríamos decir que es el centro o casco del pueblo. Tengo que haber escuchado sirenas y campanas, pisadas en la calle, pregoneros y muchas cosas más a partir de ese momento, pero no es algo que puedo contar.
Mi inconsciente puede explicar mejor, con imágenes y muestras audibles esa parte de mi vida, porque estoy seguro que mi percepción infantil y mi sentido de pertenencia tiene sus raíces en ese lugar. Eso es parte del alma de mi pueblo.
El alma es algo que no puede mostrarse, pero las representaciones nos llevan directo a ese concepto etéreo. La de mi pueblo es como un pequeño Dios, que nos une y nos separa, que nos pertenece y que atesoramos. Es el punto de encuentro que nos es familiar porque cada uno de nosotros tenemos un pedazo y la suma de todos los entes individuales componemos el todo.
El Alma de Vega Baja nos pertenece a todos los vegabajeños. Por eso, es menester definir ampliamente lo que ha sido y es ser vegabajeño, para llegar al punto de encuentro y de ahí partir a construír el futuro, como la unidad que somos.



