Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
En el ocaso de la la década de 1950, siendo un niño de seis años, en un salón de fuera del edificio de la Escuela José Gualberto Padilla, conocí un ser tierno, paciente y cariñoso que se llamaba -y afortunadamente aun se llama- Laura Marrero. Ella fue mi maestra de segundo año, pero era la madre de todos los que estábamos en el aula.
Con el pasar de tiempo fui conociendo a sus hijos, dos de los cuales fueron mis condicípulos, y tres los de mis hermanas y yo. Eramos contemporáneos, pero su crianza y la nuestra nos mantuvo con respeto, pero sin distancias. Su esposo, Don Ernesto, era también, como todos ellos, una pelota de verguenza a quien tuve el privilegio de servir años más tarde como abogado y notario. Es un hogar de personas que han pasado a la historia por ser ciudadanos decentes y servidores de la ciudad en cada uno de sus tiempos y ocupaciones.

Doña Laura es hoy parte afortunada de un homenaje a los ancianos que alcanzan la centuria. El Gobierno Municipal mediante su alcalde y la Primera Dama han sido originarios del reconocimiento a la memoria vegabajeña. Y aunque con el tiempo a estas personas se les pierde el contacto con el presente, como nos pasará a todos, existe el deber de honrar a nuestros padres, especialmente los que los tenemos vivos para cuidarlos y recordar que tuvieron su presencia influyente en nuestras vidas.
Ningún edificio se construye sin albañiles. Pero hay unos seres que saben edificar a los demás, como la educadora de tantos, Doña Laura Marrero.
