Por Thomas Jimmy Rosario Martínez
El Diccionario de la Real Academia Española define la palabra turba de la siguiente manera: turba1. (Del fr. tourbe, y este del franco *turba; cf. a. al. ant. zurba, ingl. ant. turf, nórd. torf). 1. f. Combustible fósil formado de residuos vegetales acumulados en sitios pantanosos, de color pardo oscuro, aspecto terroso y poco peso, y que al arder produce humo denso. 2. f. Estiércol mezclado con carbón mineral que se emplea como combustible en los hornos de ladrillos. turba2.(Del lat. turba). 1. f. Muchedumbre de gente confusa y desordenada.
En Puerto Rico, utilizamos la palabra en forma solitaria, individual, simple y singular para describir a una persona que forma revoluces. Se ha invocado las palabras «turbas republicanas» para definir a un grupo de estadistas en el principio del Siglo XX cuya conducta era tumultuosa y amotinada . En ocasiones los populares le recuerdan a los estadistas ese espacio de tiempo para criticarlos en el presente.
Pero hay turbas dondequiera y en esto del impuesto al IVA los hemos visto y escuchado desde el Palacio de Santa Catalina, cámaras legislativas, anuncios, mensajes, de forma oficial y no oficial, como recientemente hicieron los que objetaron la presencia de Ricardo Rosselló en una marcha y los que pintaron las paredes del Capitolio. Y aunque la definición estricta no trata individuos, algunos funcionarios han dado ejemplo de episodios turbísticos,
Como el gobernador, cuando llamó evasores primero e insularistas después a ciertos ciudadanos, habló de la parte trasera de los perros y cuando Tatito mandó a la gente a sacar a los niños de los colegios privados y matricularlos en la escuela pública. Hay muchos ejemplos más pero a lo que voy con mi premisa es que esa conducta no se espera de funcionarios públicos cuyo ejemplo positivo se espera más que de cualquier ciudadano. Los comentarios excluyentes, racistas, fóbicos de todo tipo o clasistas, son ejemplos de lo que los funcionarios no deben parir de sus labios ni de sus actuaciones.
Cuando se llega a ese nivel de expresión es cuando se acaban las explicaciones y comienzan las amenazas, el acecho y la confrontación. Los funcionarios y empleados públicos no pueden tratar de persuadir con palabras amenazadoras, discriminatorias ni violentas. De hecho, a los policías y los funcionarios de órden, que tienen un entrenamiento especial para hacer arrestos, defender la propiedad pública y privada, se les requiere tener más paciencia y prudencia que a un ciudadano común. La tolerancia es la base de su naturaleza y cuando dejan de tenerla, son suspendidos, expulsados de sus respectivos lugares de trabajo o hasta terminan con convicciones criminales y demandas personales e institucionales por uso indebido de fuerza o conducta impropia.
Yo no voy a decir que el gobernador y algunos funcionarios son turbas, pero deben cuidarse de no caer en eso. El poder es un arma para hacer bien y no para apropiárselo para hacer valer ideas personales, por más buenas que sean. Ahí está la frontera de lo posible y lo indebido y nunca se debe cruzar ese espacio de vida. Hay turbas que son parte de una muchedumbre de gente confusa y desordenada pero otros terminan como la otra definición, estiércol mezclado con carbón mineral que se emplea como combustible en los hornos de ladrillos.
Días atrás les escribía sobre los políticos que se queman ante la opinión pública. Hoy me refiero a los funcionarios que se exceden, que igual camino hacia el propio infierno que crean, también les incinera.
