Somos ante todo seguidores de una Persona viva, que le da sentido a nuestra vida: Jesucristo. Por eso la Navidad es una ocasión para reforzar nuestra comunión con El. Para renovar nuestra fe y nuestro ardor hacia Aquel que por amor a nosotros se hizo Hombre.
Es un tiempo importante para todo católico que vive en la esperanza del nacimiento del Hijo de Dios en Belén y en nuestra vida. La fiesta de Navidad invita a reflexionar sobre el amor de Dios que viene a los hombres.
Navidad
Aparece por primera vez en Roma en el documento llamado Cronógrafo filocaliano datado en el año 336. Tratándose de un calendario litúrgico, parece cierto que la indicación no sea una simple muestra histórica sino el dato de una fiesta en cuanto se considera que las demás fiestas parten del 25 de diciembre.
Fuera de Roma, en Africa, el nacimiento es atestiguado ya por Optato Milevo (el año 360) festejando también la adoración de los magos con la fiesta del 25 de diciembre. En Oriente la fiesta del nacimiento comienza a aparecer al final del siglo IV. En el 381 Gregorio Nacianzeno la introduce en Constantinopla (In sancta Lumina, PG 36,349).
El nacimiento
San Francisco de Asís tenía una particular devoción y un entrañable afecto por la fiesta de la Nochebuena, en la cual veía reflejadas las virtudes que más apreciaba: bondad, pobreza, humildad, mansedumbre.
La visita que hizo a Belén, acrecentó en él estos sentimientos.
En el año 1223, frente a la ciudad de Greccio, en Italia, celebró por primera vez la representación plástica de un nacimiento viviente: instaló un pesebre, aprovechando una gruta natural en las cercanías de Greccio; en el centro de la gruta, colocó una imagen del Niño Jesús sobre el pesebre de paja y heno que Él mismo preparó; luego acercó al pesebre un asno y un buey, para darle más realismo a la escena. Se trataba de reproducir, con la mayor fidelidad posible, el ambiente en que Cristo vino al mundo.
Los sencillos aldeanos y pobladores de la localidad: pastores, campesinos y pequeños comerciantes, fueron invitados a contemplar la escena. Al oscurecer, acudieron llevando velas y antorchas encendidas. La noche se trasformó en un cintilante mar de luces. Los pinos y abetos adquirían tonalidades misteriosas y la población de Greccio parecía un nuevo Belén.
Ante la gente extasiada, San Francisco predicó:
«Dios vendrá esta noche y la casa de llenará de perfume de violetas y amapolas. Dios vendrá esta noche y herirá con un rayo de luz las oscuridades ocultas y mostrará su rostro a todas las gentes: Dios vendrá esta noche, arrancará las raíces del egoísmos y las sepultará en las profundidades del mar. Dios vendrá esta noche y nos señalará sus caminos y avanzaremos sobre sus sendas vendrá con la bandera de la paz y nos infundirá vida eterna«.
Después frente a la gruta, celebró una misa. Fue una noche de Navidad excepcional. La idea, que era una catequesis, gustó mucho.
Los hijos espirituales de San Francisco se convirtieron en los primeros propagadores del «nacimiento», que a finales de la Edad Media se había extendido por toda Europa.
Con el tiempo, la piedad popular o la imaginación fueron añadiendo detalles para contemplar el escenario. Se añadieron, por supuesto, las figuras indispensables de María y de José: y para realizar la escena del nacimiento fueron colocados, a manera de marco, otras figuras o escenas, algunas inspiradas en la Biblia y otras en la devoción de la gente.
Así, se agregó la escena del paraíso terrenal que nos recuerda la desobediencia de los primeros padres y la promesa de un redentor, la aparición del ángel a los pastores, la cabalgata de los reyes magos venidos de Oriente, el ermitaño que es tentado por el diablo, los corderitos, etc.
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