Testimonio de la familia inmediata de Julio Meléndez

JULIO MELENDEZ y GENEROSA PUMAREJOPor Thomas Jimmy Rosario Martínez  DVPR

Thomas Jimmy Rosario Martínez 2013Esta mañana fui a visitar a Don Julio Meléndez. Simbólicamente diré que estuvo descansando durante el tiempo en que estuve con él. Creo que nos necesita a todos en este momento, aunque tiene una familia sólida y amorosa que lo acompaña y que le dedica todo el tiempo a su cuido.

Todos lo aman. Y su vida paralizada demuestra la devolución por tiempo breve a una devoción que de por vida tuvo Julio hacia su esposa y sus hijos. Como debe ser, con el ejemplo que aprendieron del maestro. Desde la distancia, tenemos tanto que agradecerle como individuos y como pueblo, que sería sano y útil que reflexionáramos y oráramos para que Dios le dé fortaleza a sus familiares en las próximas horas y días. Hasta que la sanidad se manifieste o que el proceso natural rinda su espacio.

Hablé con Doña Generosa Pumarejo, su esposa y con sus hijos Marién, Edán y Danilo. Compartimos perspectivas de valoración sobre lo que nos ha dado Don Julio desde que cada uno le conocimos. Me facilitaron acceso a fotos inéditas e históricas que habremos de compartir con ustedes en adelante. Como consecuencia, les he prometido proveerle aquello que no tengan sobre su vida, porque cada pieza de su inmenso rompecabezas hay que unirlo ahora y en el futuro. Julio Meléndez significa mucho para los vegabajeños y es justo que marquemos el principio del tributo de agradecimiento que le debemos.

Sabía que era polifacético, pero no me lo imaginaba descrito en la intimidad como ellos lo hacen. El fue barbero, ebanista, músico, pelotero, apoderado de equipos y muchas otras cosas más en la larga vida que ha tenido. Ha ayudado a construir casas y muebles. Escribió canciones que fueron grabadas. Y tal parece que le ganó a su esposa que lleva el nombre, en generosidad. Sus tres hijos lo describen como el hombre completo, que se las sabía todas y se ocupaba de todo. Eso sí, el carácter firme en los aspectos morales y de conciencia, era inquebrantable. Como lo conocíamos en la calle, así era en su casa. Una antorcha de luz.

Anoche leí su escrito titulado «El Síndrome de la Amistad», publicado por la Revista de Caribbean University donde trabajaba. De entrada, me pareció que el tema no era propio de una revista intelectual que supone unos trabajos académicos. Me equivoqué. Dentro de la aparente liviandad  del tema hay una profunda reflexión sobre lo que el pensaba que debía ser un amigo. Y en su contenido cita a autoridades clásicas del tema y asertivamente le incluye su experiencia de vida.

Para él, su creencia de que el concepto constitucional del derecho a la educación donde dice que «será hasta donde las facilidades del estado lo permita» es que debe incluir la educación universitaria. El, que reingresó años tarde a la escuela por la infección en una pierna que le causó su amputación y otras varias dificultades de salud, causados por la pobreza, que perdió a un hermano por inanición, que aprendió a trabajar y a valerse por sí mismo, estimuló a muchos vegabajeños y puertorriqueños a estudiar y ser excelentes en su desempeño profesional y en la experiencia de vida.

El testimonio de su familia nos permite apreciar lo que para muchos es contradicción entre la fantasía de su literatura y su estilo de vida conservador. El literato que nos ayudó a apreciar las artes y la historia, que con su prosa y poesía nos permitía transportarnos a todos los mundos y tiempos posibles, era realmente una persona centrada en el bien, en la responsabilidad, la fidelidad, el amor y la verdad. Era un soñador con los pies en la tierra que contaba verdades y realidades desde la boca de sus personajes y las elevaciones de su musa.  Esa lección de vida del maestro Julio Meléndez, es la más importante.

Me equivoqué. No era una antorcha, ni un faro, era un sol.

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