Por Thomas Jimmy Rosario Martínez DVPR
A pesar del cordero manso de nuestro escudo
puertorriqueño, que por cierto aparece sentado para dramatizar su pasividad, somos muy inconformes.
Hay quien dice que lo somos porque estamos acostumbrados al estado benefactor que todo lo da, Otros opinan que los políticos se pasan cediendo aunque no se pueda y que nuestro pueblo se ha acostumbrado a pedir y cuando se acaba lo que se daba, le piden a otro y malagradecen al que les dió.
Hay mucho de eso y de lo otro. Está en la naturaleza humana y en los animales. Los perros se te acercan y te huelen. Las arañas, las hormigas y las cucarachas se esconden cuando hay peligro para su supervivencia. Y a los ratones hay que ponerle trespasitos cuando no nos ven, pues se echan a correr en nuestra presencia. No hay una fórmula para vivir en convivencia, pero sí para estar conformes.
La interacción es la que nos pone en esa dinámica. Comprometemos al funcionario y al empleado público y a veces por caridad o por dinero, esos mismos se comprometen con otros. Y la empresa privada de antes en nuestro pueblo, que daba crédito directamente sin tarjetas y que cooperaba con las actividades benéficas, ya desapareció producto de la espalda que le dieron los consumidores al irse a comprar y a procurar servicios a los que no le devuelven ni cooperan con nada. Nadie, al final, está feliz con esas circunstancias de vida.
La inconformidad de los vegabajeños y los puertorriqueños nace de los valores que hemos aprendido y de los que hemos adquirido por costumbre. Nuestros ídolos hasta en las profesiones más encumbradas han cedido a la inconformidad y vemos a un aparente «clean boy» Josue Carrión (Mr. Cash), a un respetable juez de Aguadilla, Manuel Acevedo, a un Expresidente de la Legislatura Municipal y Ex Alcalde Iván Hernández y muchos más, inmersos en problemas evitables. Como decía el anuncio de Pizza Hut, esto se va dando, «todos los días, todos los días».
Ninguno estamos exentos de ese apetito de irnos por el atrecho. A veces lo hacemos dentro de un sentimiento de prepotencia o de extrema confianza de que no nos va a pasar nada, porque antes nada ha pasado en las mismas circunstancias.
Tenemos que cambiar de actitudes. Es tiempo de cambiar juicios valorativos sobre la vida. Y lo debemos hacer individual y colectivamente.
Tenemos que aprender que en una ocasión, cuando nuestra identidad local se forjaba, el sello municipal tenía un cordero parado, simbólicamente expresando estar alerta. Hay una realidad de escasez y a la misma vez produciéndose mentiras para apaciguarnos. Eso es más detonante de la inconformidad que la carencia.
Los gobiernos -estatal y municipal- tienen que decir la verdad para que nos acostumbremos a formular nuestra vida a base de realidades. Ese factor le falta al ciudadano para ser conforme. Pero se puede lograr cuando especialmente aquellos que además de ser políticos, que es una ocupación noble, dejen de ser politiqueros, que es hasta una antítesis de la verdad que le deben a los ciudadanos.
