Por Thomas Jimmy Rosario Martínez DVPR
Anoche, entre las 4:30 y 5:00 de la tarde regresé a la Fotografía Rosario a recoger la computadora principal portátil marca Toshiba de mi esposa Myrna que me había prestado hacía algún tiempo cuando la mía se dañó. Me entretuve verificando en la parte trasera del edificio que todo estuviera cerrado y en orden y cuando me disponía a recogerla, no la encontré. Tampoco estaba el menudo de tres cajas distintas ni unos dólares en papel y monedas de colección. Es posible que algo adicional, que ahora se me escapa a la memoria, hubiera desaparecido.
En la memoria de mi computadora no había nada de valor o claves que el que la hurtó o el que la adquiera pueda acceder a lugares o dinero electrónico. Pero había una información sobre proyectos futuros, en desarrollo y trabajos hechos por los amigos del Diario Vegabajeño de Puerto Rico, fotos, escritos, literatura que para la historia de nuestra ciudad no tiene precio.
Afortunadamente, el Diario no se va a detener por este incidente. La vida propia de la expresión de más de sesenta escritores vegabajeños que de tiempo en tiempo escribimos y aportamos va a continuar. Nos perderemos parte de nuestra memoria colectiva y posiblemente eslabones en las historias vegabajeñas, pero no nuestra idiosincrasia como pueblo, esa trasciende todo nuestro esfuerzo y los bienes materiales que puedan haber sobre la faz de La Tierra.
El hurto de computadoras es muy frecuente. Esto ocurre porque hay mercado para ellas en la economía subterránea. En mi caso, toda esta semana pasada habían jóvenes de apariencia de pillos merodeando el local de la Calle Acosta. Ayer mismo en la mañana retraté a uno en un banco de la plaza que cuando se percató, se dejó caer y sólo pude captar su pierna.
El mercado subterráneo lo propician personas apreciadas en la comunidad que por pocos dólares sustentan usualmente al narcómano que hace el trabajo. Luego los equipos los venden, generalmente fuera de Vega Baja, para distanciar la posibilidad de que se detecte por la Policía.
Ayer fui dos veces a dar la querella a la Policía, pero hay una realidad. Pocos agentes, demasiados casos. Y ellos optan, naturalmente por tramitar querellas donde la seguridad de las personas está en riesgo inminente o donde ha ocurrido una situación de agresión en sus distintas modalidades.
Desde adolescente no me daba migraña y creo que la tengo por la tensión que ha producido este evento. He aprendido que nunca las medidas de prevención son suficientes, y que nunca hay seguridad absoluta. Si en la confianza dejo las puertas abiertas, como acostumbro, se entiende que es una invitación al malhechor y tengo la culpa. Si las cierro la gente buena pensará que estoy haciendo negocios turbios y los pillos buscarán la manera de entrar a recoger lo que ellos creen que se merecen.
Hace algunos años un escalador fue sorprendido por mi padre y empezaron a forcejear. Mi hermana se percató del incidente y le dijo que soltara a nuestro padre. El dijo que lo iba a matar y Jossie, iracunda, con un palo de escoba, que era lo que tenía a la mano, le dió varias veces y el caco se fué a la huída. La Policía lo pudo arrestar pocos momentos después en la Carretera Número 2 y lo llevaron al hospital porque recibió varias fracturas. Cuando vio a mi hermana en la Sala de Investigaciones de Bayamón, le pidió a un policía que no lo pusiera cerca de mi hermana, porque le tenía miedo.
El miedo es recíproco entre el victimario y la víctima. El victimario está generalmente mejor preparado que la víctima por lo que no tenemos que convertirnos en héroes si se delinque en nuestra presencia. Aunque la tendencia es a proteger bienes, esto debe ser secundario.
He hecho varios arrestos civiles en mi vida. En la Farmacia San Jorge de Santurce, detuve a un pillo que tenía un cuchillo. Cuando la Policía se hizo cargo de él, nos informaron que era un evadido de la cárcel por asesinato. El dueño de la farmacia no quiso levantar cargos por temor a la represalia. Ya le habían robado seis veces. En otra ocasión, vi por un monitor de vigilancia a un individuo más grande que yo entrar a mi oficina. Mi padre se fue por la puerta y yo por detrás. Lo agarré y lo tiré al piso. Cuando la Policía vino nos dijo que era la hora de cambio de guardia y que el asunto iba a tardar. Como el individuo no era de Vega Baja, ellos se comprometían a dejarlo en la colindancia con Vega Alta y apercibirle de que no volviera al pueblo. La ley y los procedimientos criminales no tienen la opción de la justicia poética, pero todos los días los ciudadanos y la policía la ejercemos, porque no hay remedio.
Todos sabemos cuáles son los lugares donde van a parar las cosas robadas, pero tanto los ciudadanos como las autoridades no ejercemos nuestro derecho para acabar la cadena del pillaje. Lo mismo pasaba con los metales, especialmente el cobre. Hace poco menos de seis meses me robaron el último que quedaba en un aire acondicionado.
No es la primera vez que me desvalijan. Carros, dineros, bienes en general. En 2005 me dejaron hasta un regalito indeseable e indecoroso en el medio de la oficina y el que lo hizo se limpió con un traje crema que nunca más me puse.
Gajes del oficio, dicen por ahí, pero yo creo que algo anda mal. Tenemos que luchar para que no pase más.