Me encanta “Tatito”
ANTONIO QUIÑONES CALDERÓN
Aborrezco identificar por su apodo a protagonistas de la noticia, excepto, claro está, cuando de artistas, boxeadores o payasos se trata. Lo hago ahora –esta única vez– porque, a fuerza de tanta insistencia en llamarlo por su mote y no por su nombre y apellido como debe ser, es casi seguro que quien me lea no sepa que escribo sobre el honorable Rafael Hernández Montañez. Ese mismo, “Tatito”, el tan mentado representante a la Cámara.
Me interesé por “Tatito” cuando leí su nombre de pila en el comunicado del “speaker” Jaime Perelló que anunciaba su designación como presidente de la comisión de Hacienda de la cámara baja. Es una comisión de enorme importancia e influencia en el entramado legislativo, y más en momentos de crisis fiscal y económica como los que padece Puerto Rico actualmente. Es desde ahí donde han de originarse las ideas e iniciativas vitales para enfrentar con éxito los asuntos puntuales sobre ingresos, egresos, contribuciones, cuadres presupuestarios, tabla de prioridades en la asignación de los recursos públicos, credibilidad financiera del Gobierno y la coherencia que tanto necesita una sociedad para marchar hacia rumbos de desarrollo económico y social.
Cuando leí de la designación, y como el apodo “me sonaba” (también dicen por ahí), me puse a averiguar. Encontré (en el documento “Destape al manto legislativo” publicado en marzo pasado por este periódico) que Hernández Montañez se enfrentaba “a un gran reto no sólo porque trabajará por los próximos cuatro años atendiendo el gravísimo escenario de deficiencia fiscal del país, sino porque la organización financiera no es su fuerte ni siquiera en su plano personal”. (Fue una cita, como dicen los periodistas radiales). La historia explicaba por qué.
Pero no es eso lo que más me llamó la atención de “Tatito” ni sobre lo que quiero escribir ahora. Me encanta toda explicación suya sobre el proceso mental que realiza para arribar a decisiones, acciones e iniciativas desde la poderosa comisión que preside. Todo, en un lenguaje pueblerino, para que lo entienda todo el mundo.
Por ejemplo, quiso intervenir en el debate sobre la necesidad de reducir la nómina gubernamental y planteó con gran atino: “Cuando Muñoz era gobernador, en las reuniones del gabinete había 22 sillas. Eso debería ser, digamos, una peseta (25 agencias). Eso es en lo que yo creo”.
Quiso justificar por qué aprobó una emisión de bonos por $100 millones, cuando sólo necesitaba $35 millones. Expuso: “Lo que pasa es que si dejo la partida para obras, tengo que aumentar los ‘taxes’. A pesar de que lo que necesitas son $35 millones, te tienes que montar en un vehículo grande”.
Como presidente de la comisión que tenía que cuadrar el presupuesto, incluyendo a través de los nuevos impuestos a empresas y ciudadanos por casi $1,400 millones, tuvo que atender a los líderes de empresas e industrias que querían aportar a la discusión. A “Tatito” le llamó la atención los muchos empresarios que acudieron a su oficina a conversar sobre los impuestos. Tantos, que llegó a afirmar: “Después de los anuncios, mi oficina parecía fiestas patronales y todos esos cambios que se han realizado (a los proyectos) es por el diálogo que hemos tenido con cada uno. Yo me siento hasta ofendido. Yo no he visto a mi familia por seis días”.
Y cuando se “cuadró” el presupuesto él se hallaba feliz porque, como dijo, “ya se engranó la bicicleta y le pusieron la cadena que se había caído, así que la cosa está corriendo como debe correr”.
Así las cosas, durante su turno protagónico para la presentación del proyecto de presupuesto, fue enfático al repetir al menos cinco veces en la necesidad de aprobar “la patenta nacional” a las empresas. Aquí erró dos veces: no es “patenta” ni “nacional”. Alguien a mi lado me explicó: la referencia era a “la patente” insular, o estatal si se quiere; ese documento que emite Hacienda para acreditar el pago exigido para el ejercicio de profesiones e industrias.
Nada, nada. Me encanta “Tatito”.