Hace ya muchos años -más de los que podamos recrear- en Roma había una gran tradición. Se dice que cada vez que llegaban los soldados victoriosos, se les preparaba un gran recibimiento. A través de todo el recorrido, caminaban jubilosos siendo recibidos por una multitud fervorosa, que calurosamente le daba las gracias por su gran encomienda.
En Puerto Rico, cada cuatro años elegimos a los lideres que han puesto, algunos, su vocación a un lado, y otros que han hecho del servicio mismo, menos que una vocación un servicio perpetuo a la inmortalidad política. Esto trasciende líneas partidistas o colores políticos. Se ha convertido en una aspiración de algunos, que a falta de “capacidades” de desempeño en otras ramas, deciden probar suerte. Pero no vivimos en una dictadura. Esos lideres son electos por nosotros mismos, y mucho menos salen de marte. Aunque, en algunos casos, como un paciente del Síndrome de Estocolmo, seguimos cada 4 años aferrados a que “todo cambiará”
Una vez electos en su posición, algunos se sienten parte de cierta “aristocracia”. Una nueva monarquía o reinado intocable, insensibles al dolor de aquellos que los llevaron a donde están, e incluso con memoria selectiva, para olvidar a aquellos que los ayudaron a alcanzar esa cúspide de temporero sabor a poder.
De vuelta a Roma, a cada uno de estos soldados, se les asignaba un servidor o esclavo, que a través de todo el trayecto, les iba diciendo al oído, “memento mori”. Que en un intento de traducir, se podría interpretar como “recuerda que eres mortal”.
Mi primera idea sería, obligar por ley a todo funcionario electo, tatuarse entre ceja y ceja esta frase, para que al levantarse y verse en el espejo, recuerden su propia realidad. Aunque con desgracia reconozco que hasta eso , les resbalaría a algunos, ocultándola con algún pomo.
